Los humanos hemos desarrollado diferentes formas de satisfacer nuestros impulsos voyeuristas. A lo largo de la historia se han inventando métodos, aparatos e incluso disciplinas para tal fin. Una de ellas es la fotografía. Gracias a ésta tenemos la posibilidad de espiar a otros desde lo alto, desde un ángulo diferente, desde rincones oscuros, en actividades íntimas, dejando constancia de tales eventos en una imagen impresa que podrá ser observada a través del tiempo con la misma curiosidad.
De hecho, existe un género fotográfico particularmente misterioso, extraño y oscuro que es perseguido por los coleccionistas de imágenes y detestado por muchas personas sensibles y puritanas. Nos referimos a la fotografía postmortem. En ella se registra uno de los momentos más misteriosos de nuestra experiencia terrenal: la muerte.
En el sentido más estricto, fotografía postmortem es aquella que se realiza después de que muere un individuo, por lo tanto, es un género muy amplio que abarca desde los registros fotográficos forenses, la documentación de autopsias, algunas imágenes de nota roja o reportajes periodísticos, hasta las fotografías encargadas por particulares para su uso privado como recordatorio de seres queridos fallecidos.
Pese a la extrañeza y el morbo que nos puedan causar estas imágenes, es importante decir que hubo un momento en el que la fotografía postmortem se popularizó tanto que era prácticamente un requisito social. De hecho, desde el inicio de la fotografía comercial, en 1839, tuvieron gran demanda en todos los círculos sociales; tanto personas influyentes y poderosas como familias humildes, requerían de los servicios del fotógrafo en un funeral, aunque para estos últimos se quedaba sólo en el deseo.
Debemos tomar en cuenta que durante la segunda mitad del siglo XIX y los principios del XX, comparada con la fotografía actual, las limitaciones técnicas eran mayores y los materiales resultaban más caros. En aquél tiempo había personas que, por los altos costos, jamás eran fotografiadas, salvo que se tratara de un evento sumamente importante o extraordinario. Desafortu- nadamente, para muchos esa ocasión sólo pudo presentarse en su propio funeral.
Al mismo tiempo que por toda la República Mexicana se practicaba la fotografía de adultos muertos, se popularizó una interesante variante infantil denominada "Fotografía de Angelitos", la cual consistía en registrar la imagen de un niño recién fallecido al que se vestía y se acompañaba de elementos propios de la religión cristiana.